domingo, 14 de septiembre de 2014

¡He sido visto!


Platón describe el amor como un deseo que se infunde en el alma; una especie de semilla sembrada en ella por la belleza que emana del ser querido y que se recibe a través de los ojos del amante (Fedro 251b). «Su» mirada detona la sacudida interior, pues deposita «en mí» un «yo» que antes no se conocía; el «solo yo» es superado por un «ahora-yo-soy-lo-que-soy-contigo». Todo ello se siembra con la mirada.

El primer capítulo de la experiencia del amor es la aparición o el primer encuentro. Algo que sólo se experimenta si «ve». A partir de ese momento, la propia vida ya no se contempla igual: únicamente se comprende sólo «a-través-de-ella» y sólo «junto-con-ella». «Verse» es perderse y es encontrarse. Son los ojos los que hacen daño y al mismo tiempo los que redimen. Es la angustia de saber que mi mundo ha sido trastocado definitivamente. Después aquello podrá acabarse o no echar raíces. Pero nunca se puede olvidar a quien se ha visto a los ojos... ¡Nunca! (La frase la vi en Only clouds move the stars)

Hace poco vi West Side Story. Este es el diálogo del encuentro-aparición entre Tony y María:
«[Toni] -"You're not thinking I'm someone else?" [María]: -"I know you are not." -"Or that we have met before? -"I know we have not." -"I felt, I knew something-never-before was going to happen, had to happen. But this is-..." -"[interrupting] My hands are cold. [He takes them in his.] Yours, too. [He moves her hand to his face.] So warm. [She moves his hands to her face.]" -"Yours, too." -"But of course. They are the same." -"It's so much to believe-you're not joking me?" -"I have not yet learned how to joke that way. I think now I never will."



Esta escena me recordó este párrafo de Octavio Paz en «El Arco y la Lira»:
"Ante la Aparición, porque se trata de una verdadera aparición, dudamos entre avanzar y retroceder. El carácter contradictorio de nuestras emociones nos paraliza. Ese cuerpo, esos ojos, esa voz nos hacen daño y al mismo tiempo nos hechizan. Nunca habíamos visto ese rostro y ya se confunde con nuestro pasado remoto. Es la extrañeza total y la vuelta a algo que no admite más calificativo que el de entrañable. Tocar ese cuerpo es perderse en lo desconocido; pero, asimismo, es alcanzar tierra firme. Nada más ajeno y nada más neutro. El amor nos suspende, nos arranca de nosotros mismos y nos arroja a lo extraño por excelencia: otro cuerpo, otro ojos, otro ser. Y sólo en ese cuerpo que no es el nuestro y en esa vida irremediablemente ajena, podemos ser nosotros mismos. Ya no hay otro, ya no hay dos. El instante de la enajenación más completa es el de la plena reconquista de nuestro ser. También aquí todo se hace presente y vemos el otro lado, el oscuro y escondido, de la existencia. De nuevo el ser abre sus entrañas."
El mismo Paz describía en otro lugar ese momento como la trágica pregunta ¿qué significo yo para ella? Algo parecido también se narra en Los Miserables (IV.2.8) y se oye en el musical. La aparición se da en y desde la mirada que me pierde y al mismo tiempo me encuentra:
«En ese instante en que Cosette dirigió, sin saberlo, aquella mirada que turbó a Marius, éste no sospechó que él dirigió otra mirada que turbó también a Cosette, haciéndole el mismo mal y el mismo bien.
Hacía ya algún tiempo que lo veía y lo examinaba, como las jóvenes ven y examinan, mirando hacia otra parte. Marius encontraba aún fea a Cosette, cuando Cosette encontraba ya hermoso a Marius. Pero, como él no hacía caso de ella, este joven le era muy indiferente.
El día en que sus ojos se encontraron y se dijeron por fin bruscamente esas primeras cosas oscuras e inefables que balbucea una mirada, Cosette no las comprendió al momento. Volvió pensativa a la casa de la calle del Oeste donde habían ido a pasar seis semanas.
Aquel día la mirada de Cosette volvió loco a Marius, y la mirada de Marius puso temblorosa a Cosette. Marius se fue contento. Cosette inquieta. Desde aquel instante se adoraron.
Todos los días esperaba Cosette con impaciencia la hora del paseo; veía a Marius, sentía una felicidad indecible, y creía expresar sinceramente todo su pensamiento con decir a Jean Valjean: ¡Qué delicioso jardín es el Luxemburgo!
Marius y Cosette no se hablaban, no se saludaban, no se conocían: se veían y, como los astros en el cielo que están separados por millones de leguas, vivían de mirarse.
De este modo iba Cosette haciéndose mujer, bella y enamorada, con la conciencia de su hermosura y la ignorancia de su amor.»

Es verdad, en la vida de una persona ni todo es novela rosa, ni sólo es el primer encuentro. Pero refugiarse en esa mirada, recordar que «¡He sido visto!»... me ha sacado del hoyo muchas veces.

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